
Allá, en mi lejana juventud, fui secuestrado en un tren
que cubría el trayecto de Praga a Budapest,
en el que viajaba junto a Johann, mi aburrido,
gordo dueño y representante.
En aquellos años mi fama se debió
a que había alcanzado a dominar
el vocabulario básico de seis idiomas,
y era capaz de reconocer a más de cien personas,
pronunciando correctamente su nombre,
lugar de nacimiento, estado civil, profesión y comida favorita.
Se me llamaba Monsieur Parole y así pude recorrer toda Europa.
Y por lo que pude entender en aquel viaje inolvidable,
mis secuestradores eran agentes de los servicios secretos
del Imperio Austro Húngaro.
La gente más simpática y divertida que conocí en toda mi vida,
a los que nunca les dejaré de estar agradecido
por haberme librado de la tediosa compañía del gordo Johann
y haberme introducido en la época de oro de mi vida,
aquellos años que disfruté animando mil y una fiesta
en tanto elegante palacio de Budapest.
Años en los que hasta Sandor Petöfi
escribió acerca de mis habilidades idiomáticas
y yo ya había sido valuado en varios millones de florines.
Tiempo después mi felicidad acabó
junto con el Imperio Austro Húngaro,
en los días del advenimiento de la Unión Europea
y el comienzo del turismo desenfrenado.
A medida que envejecía y crecía mi tristeza,
fui perdiendo las habilidades idiomáticas,
y finalmente abandonado dentro de una costosa jaula
en un andén de la estación de ferrocarril de Somogy.
Allí fui recogido por una acomodada familia de turistas argentinos,
quienes admiraron semejante jaula
y al instante me llamaron Pedrito.
Ya soy muy viejo, y ahora sólo puedo imitar
algunas de las pocas palabras
que esta gente me repite insistentemente.
Pero nunca dejaré de recordar con todo mi amor
a aquellos simpáticos agentes secretos que me secuestraron
en el tren que unía Praga con Budapest.
Ahora, en mi nueva casa del country Carmel,
aquí, en la lejana Buenos Aires,
paso los últimos grises días de mi vida
dentro de una pequeña jaula de aluminio.
Y aunque estos creídos nuevos ricos
hacen lo imposible por evitarlo, no dejo de graznar a voz en cuello,
sin parar, una y otra vez algo que alguna vez me disparó el sodero,
y que les produce un profundo desagrado:
¡¡¡Viva Perón!!! ¡¡¡Viva Perón!!! ¡¡¡Viva Perón!!!
¡¡¡Viva Perón!!! ¡¡¡Viva Perón!!! ¡¡¡Viva Perón!!! ¡¡¡Viva Perón!!!
Hasta llegar a ser tan insoportable
que por fin sea echado de este horrible lugar.